Por tres veces

10/08/88

 

 

En lo más profundo de mi memoria aparece un pueblo tranquilo, donde la gente se conoce toda y la mayoría recuerda su juventud entre visos de años lejanos, cuando en la ladera mas fresca y frondosa rondaban a la que con los años sería la madre de sus numerosos hijos. En cualquier caso, gente limpia de rencores, agarrada a una tierra fértil y generosa que les proporciona todo cuanto necesitan.

 

Calles blancas sin asfaltar, calientes y luminosas. Aquí allá, un grupo de ancianos recuerdan mil historias, viejas leyendas y correrías de mozos, oídas otras mil veces, pero siempre frescas y nuevas.

 

La plaza adornada con una fuente que dejó de llorar hace mucho tiempo, a esta hora aparece triste ,bañada en cada uno de sus rincones, por un sol recio como la tierra dejándola totalmente vacía, desnuda de ruidos, es la hora de la siesta, a la caída de la tarde esa misma plaza se vestirá con su mejor traje de risas y juegos infantiles.

 

Un río desconcertado rodea todo el valle, frondoso en su nacimiento ,pero al atravesar el puente se muestra tímido, lleno de vergüenza, celoso de sus aguas que va perdiendo en pozos y canales subterráneos que atraviesan todo el pueblo, más al llegar a la iglesia aparece jubiloso lleno de risas y espumas, separando toda la zona de huertos del mismo lecho de casas, unido tan solo por un frágil puente de piedra .

 

El paisaje que aparece en mi memoria es amarillo y musgo, ese verde de encina opaco y triste, viejas encinas que poco a poco se van agrupando, formando comunidades capaces de dar cobijo al cazador y a los amantes más atrevidos, que buscan la sombra de sus viejas cortezas para unir sus jóvenes cuerpos.

 

Tejados rojos descoloridos por los mil soles que han tomado, habitados por líquenes que los haces aún más pretéritos, fachadas de piedra, serias por cada unos de sus años, frescas a cualquier hora , alguna que otra a punto de morir, olvidadas por sus dueños que temerosos de morir entre las mismas paredes donde lo hicieron sus padres, abandonan la casa y la tierra para huir a otros lugares.

 

Al fondo en medio de un campo amarillo aparece la iglesia altiva, orgullosa de su campanario, que en tiempo despertaba a los campesinos y en la fiesta del domingo congregaba a todo el pueblo sin que una solo persona faltara a su dulce llamada. Esa iglesia en tiempos tan mimada por todos, aparece ahora a punto de perecer. Aquel campanario, es ahora inaccesible, esta mudo una sola campana queda en su seno, y en lo alto una pareja de cigüeñas anida cada año regalándole un aspecto lozano y lleno de recuerdos.

 

Poco a poco el tejado del templo se va desmoronando, dejando al descubierto vigas comidas por la humedad y tejas destrozadas que van cediendo al interior. Sus dos altares y sus tallas aún dentro de la gran sala y en el interior de la sacristía se deterioran lentamente, con la tristeza de lo olvidado y poco a poco se van convirtiendo en figuras irracionales deformadas por la humedad y la carcoma tal es su transfiguración que serian capaces de hacer sentir miedo al más valiente de los mozos con solo mirarlas.

 

Una iglesia que tubo y aún tiene su propia historia . Las personas más ancianas del lugar cuentan que fue edificada sobre un campo de batalla, donde las huestes moras perdieron muchas alma, y donde enterraron a sus generales. Aún hoy detrás del Altar Mayor se puede ver algún que otro hueco ocupado por sonrientes calaveras que buscan el fin de algo que comenzaron.

Piedras atacadas por los musgos y las lluvias de todos los inviernos, rodean la iglesia, aún más hermosa en su agonía .

 

No muy lejos de allí entre zarzas y helechos se encuentra una casa pequeña, toda de piedra y adobe, con un gran huerto de hierbabuena, un pozo siempre dispuesto a darnos su bendita sangre y un manzano que nos obsequia con su jugosa fruta y fresca sombra, siempre bajo los atentos cuidados de Jerónimo, hombre solitario y taciturno que habita la casa desde hace mucho tiempo.

 

Apareció en el pueblo y se instalo en aquella casa, hasta entonces abandonada, nadie dijo una sola palabra, incluso al poco tiempo de su aparición los árboles frutales florecieron, e incluso aquel viejo manzano que todos creían seco dobló sus ramas por el peso de su fruta. A raíz de esto se empezaron a contar historias referentes al nuevo habitante e incluso se dijo que era descendiente de los antiguo señores que se fueron a las Americas en busca de mejor fortuna.

 

Era Jerónimo un hombre fuerte, de unos treinta años aproximadamente, con anchas fracciones y un pelo rojo brillante que nos hacía recordar historias míticas. Siempre serio, sus manos expresivas volaban de aquí para allá como mariposas nerviosas, oponiéndose descaradas al gesto tranquilo de su rostro.

 

Cada tarde, cuando el sol se hacía más insoportable y todo quedaba aletargado, íbamos a su casa siempre abierta, y al entrar en aquel huerto, una extraña sensación nos poseía , era como visitar otro planeta, pisar un mundo diferente y mágico, siete chavales en busca de una historia. Allí en el rincón junto al pozo y protegido por la sombra aquel viejo manzano, nos esperaba nuestro desconocido amigo. Cada tarde hablaba sin parar, mas nunca mencionaba a sus padres o su infancia. Contaba historias, cuentos maravillosos y exóticos, leyendas de nuestro pueblo y de otros muy lejanos .

 

Cada tarde una historia diferente, lo que en algunas ocasiones nos disgustaba, pues quedábamos enamorados de la bella Casandra, o queríamos volver a cabalgar junto al gran Odín. Nunca, nunca repitió un relato, siempre diferentes historias paisajes diferentes y diferentes personajes.

 

Allí sentado, como un gigante con su pulcra camisa blanca y aquel chaleco naranja como su cabello rizado , nos hipnotizaba a todos y cuando el calor se hacía más soportable nos obsequiaba con algo de fruta y nos despedía con un gentil, hasta mañana. No valían protestas, era como si un misteriosos reloj le avisara de que la hora había llegado.

 

Algunas tardes nos escondíamos curiosos para ver donde se dirigía. Siempre iba al mismos sitio, un viejo tronco a orillas de la iglesia, se sentaba con expresión feliz, encendía su gran pipa y miraba hacía la carretera, quieto sin apenas parpadear sonriendo. Cuando el sol se ocultaba, aquella sonrisa daba paso a una mueca dolorida e incluso alguna vez creímos verle llorar. Nunca nos atrevimos a acercarnos e incluso temíamos ser descubiertos, nos daba miedo, que digo, nos daba pánico que pudiera descubrirnos , una sensación extraña nos sacudía, nuestras manos frías y sudorosas se aferraban a las piedras con el temor de que algún ruido pudiera delatarnos. Teníamos miedo de ser descubiertos y de que aquel encanto se rompiera. Temíamos a alguien que nos trasportaba al país de los sueños. Queríamos correr, pero algo nos agarraba por los talones y no nos dejaba huir.

 

Algún tiempo después en una calurosa tarde de agosto , fuimos a visitar a nuestro querido personaje, pero solo hayamos al viejo manzano y sobre la tapa del pozo un cesto repleto de fruta fresca. Nos quedamos desconsolados, movidos por una tremenda curiosidad, nos dirigimos hacia la iglesia, quizás estuviera esperando la caída del sol, y así era, allí estaba fumando su pipa, quisimos acercarnos, pero quedamos perplejos, gesticulaba, reía y hablaba como si alguien estuviera apoyado en su regazo. Otra vez esa sensación de miedo se apoderó de nosotros, pero esta vez corrimos hacía el pueblo sin mirar atrás, sólo cuando llegamos a la plaza nos sentimos tranquilos, más que tranquilidad lo que buscábamos era protección, y allí estábamos a salvo, nos separamos y cada cual buscó el refugio en su casa. En toda la tarde pude quitarme esa sensación fría y solitaria que sintiera al ver a Jerónimo, hablando y riendo solo .¿Que le habría ocurrido? ¿Quién acompañaba a nuestro amigo?.

 

Estuvimos sin acercarnos a la casa durante varios días, pero otra vez la curiosidad era más fuerte que el miedo que sentíamos, no podíamos dejar de pensar en aquel gigante, ni en sus historias. Cada vez quedábamos menos chavales, pues las vacaciones se agotaban, por fin una tarde nos decidimos a ir a visitar de nuevo a Jerónimo, pero no estaba allí, su huerto, su manzano y su pozo nos esperaban, incluso un cesto de fruta estaba esperándonos. Nos dirigimos hacia la iglesia sin acercarnos y vimos que no había nadie. Cada tarde volvimos a su casa, y por extraño que os parezca la fruta que nos esperaba era diferente, todo el huerto parecía recién regado, pero él no estaba allí, ni en ningún lugar cercano. Nuestro querido sultán había desaparecido sin dejar rastro, la gente del pueblo no lo encontraba extraño, un hombre raro decían mesándose la barba, ya volverá el próximo verano.

 

Pronto olvidaron su desaparición, pero el último día del mes, la campana de la Iglesia sonó por tres veces, tres campanadas huecas que dejaron al pueblo totalmente mudo y sin valor para ir a ver quien había hecho hablar a aquella campana, que permanecía muda desde hacía tantos veranos.

 

Sería alguien joven y ágil, pues tendría que haber trepado por la fachada, ya que la escalera esta destrozada casi en su totalidad.

En aquel momento una nube de polvo pareció esconder al atrevido y una pareja de lechuzas se posó en todo lo alto. Un gran misterio para un pueblo tan tranquilo como aquel.

 

En cierta ocasión , la noche de Todos Los Santos el cartero gasto una broma que aún hoy se recuerda con sorna, ceñido con una sabana y tocado con un cántaro iluminado, apareció en el campanario, haciendo sonar la campana todavía en buen uso.

Esta vez no parecía broma, al caer la tarde volvió a sonar una sola vez, un sonido largo y suspendido casi tangible. Por fin nuestro párroco, hombre corpulento y poco amigo de chanzas, abrió la Iglesia, con la sana intención de dar algún que otro mamporro al culpable de semejante broma, que no gustaba a nadie.

 

Al abrir la puerta, un murmullo se oyó en los alrededores .Allí estaba Jerónimo tendido en la grana sal, sonriendo como nunca en vida le habíamos visto, frió como la misma piedra, en una mano sostenía su pipa aún encendida y entre sus labios un pañuelo que conservaba el aroma de algún perfume de mujer.

 

En los rincones de mi memoria queda este capitulo de la infancia, pero más honda y arraigada queda la sensación de felicidad que se dibujaba en la cara de nuestro amigo, aún hoy que la nieve reposa en mi cabello lo recuerdo con ternura, aspiro aquel aroma y cada verano el último día del mes, oigo aquella campana que me habla, me habla, me habla .

 

Por tres veces.

 

 

10 de agosto de 1988